Los artistas del Ballet Metropolitano se preparan desde temprano, en el hotel. Varias horas antes del espectáculo recorren el escenario, los pasillos y las bambalinas del San Martín, sin dejar de pensar y de moverse de acuerdo con lo que esperan con ansiedad: bailar.

La tensión y los nervios se calman con más ensayos, más exigencias, siempre pensando en los errores y aciertos de cada paso que deberán dar sobre las tablas. Se maquillan y se visten acompañando todo con los movimientos que deberán coordinar durante la función.

Forman fila detrás del cortinado, sin dejar de elongar o de estirarse. Se preparan para entrar en el momento indicado, la concentración es absoluta, hasta que la música los conduce de a uno hacia sus posiciones. Se dejan llevar. Repiten los pasos tantas veces ensayados con las manos y los pies, se complementan. Son felices.